Cuando me llegó la carta de letra cursiva forzosa y torcida, me sorprendí. En parte por el mero hecho de recibir una carta, algo poco usual en estos tiempos, y aún más cuando vi el remitente: mi tía Sebastiana.
Sebastiana. Ésa mujer tan detestada por mí, por su casa, por su olor, por el olor de su casa. Esa mujer que cada vez que me veía me estrujaba los cachetes y con su palma mugrienta me daba unos caramelos de sabor horrible.
Comencé a leer la carta. Se notaba que mi arrugada tía había empujado la birome negra (prestada, de seguro) con una fuerza aguerrida, ya que del otro lado de la hoja, el que no estaba escrito, las letras espejadas poseían relieve.
En el texto mi tía me comentaba la muerte de dos de mis primos, Ernesto y Blanca en un accidente de auto. Por un momento me entristecí, pero luego recordé que no sabía bien quienes eran Ernesto y Blanca. Pensé por unos momentos, y por fin pude recordar sus rostros: eran 5 años menores que yo. Cuando abandoné Chaco eran apenas unos púberes.
No me acordaba demasiado de ellos, además de que eran mellizos y el bigotillo creciente de preadolescente de mi primo. Puaj, esa cosa negra me daba pena… Me daban ganas de regalarle una afeitadora descartable.
Al inferir que la carta era nada más ni nada menos que una invitación al funeral de dos parientes, comencé a considerar el ir. Hacía doce años que no veía a nadie de mi familia… Ni siquiera a mi hermana. Por supuesto, ella era la única de mis hermanas que seguía viva dada la muerte de Marta hacía siete años. Mi hermana me llevaba 7 años, y casi no nos hablábamos. La recuerdo dulce cuando yo era pequeña, pero en mis últimos años en el Norte fue lo más lejano a una amiga, compañera o consejera.
Algo me llamaba a mi provincia natal. Era casi como un deber. Recuerdo esa conversación en la chacra con Ernesto –Ernes, para mí- en la que me contaba de sus cuatro novias a los seis años. No lo podía creer. Mi primito era un galán y yo me reía. Creo que lo quería mucho.
Mi memoria selectiva me jugó (y lo sigue haciendo, en realidad, al escribir esto) muchas jugarretas. Me siento engañada por mí misma. Yo odiaba a Sebastiana y a mi familia en general pero, recordaba a Ernes con un cariño lejano.
De Blanca no me acordaba nada, excepto que se comía los mocos y yo le decía que no hiciese eso, que no era de dama. Y ella me preguntaba, “¿qué es una dama?”. Pobre. El vivir como granjeros en Chaco nos alejó mucho de la sociedad.
Por eso me mudé. Porque yo era una semilla y no podía florecer allí. Yo quería ser actriz, usar boas de plumas y pintalabios rojo sangre. Me mudé a la capital apenas terminé el secundario, por suerte. Poseía cierto dinero para el pasaje que había ahorrado durante dos años, además de algunos billetes extra, haciéndole favores a mis amigos.
Llegué a la capital medio perdida. Lo primero que hice fue buscar un trabajo. Viví mis noches abierta de piernas por menos de un mes, y con eso pude alquilar el primer mes en mi flamante monoambiente de Almagro. Además, tenía un trabajo nuevo.
Pero eso es otra historia.
Decidí ir. Necesitaba darle un beso en la frente a quien había sido mi primo, para sellar esa deuda que yo sentía con… no sé con quién. Creo que conmigo misma.
Compré un pasaje el mismo día y al siguiente, de noche, ya estaba en el bus partiendo hacia la pobre provincia.
Me llevaba mal con mi familia porque todos eran ignorantes y no tenían ni la más mínima idea de lo que había más allá. Eran todas personas mega cuadradas, pero en el fondo era su culpa.Yo era muy joven para entender eso y por eso decidí irme. Sabía que nadie me aceptaría ni a mí ni a mis sueños de ser mejor.
Las horas de viaje se me pasaron rápido porque estuve dormida. Me bajé en la terminal y al minuto conseguí un remis que me llevó desde Pampa del Infierno al pueblito donde vivía mi familia.
En el auto, ingresamos a un camino no asfaltado, lleno de yuyos y pastos altos, con ratas casi invisibles que nos pasaban por al lado y un sol que derretía cerebros. Y la vi.
Vi la casa de la tía. Era algo grande, sencilla, aburrida. Los ladrillos sin pintar y el techo de vigas rotas revelaban el descuido. Antes de tocar la puerta, miré las plantas con frutas y a los árboles. Yo había corrido por ahí sin ropa, en verano, y unos años después ayudé con las cosechas.
Me animé a tocar la puerta.
Al rato salió mi tía. Estaba peor de lo que imaginaba. Su piel, marrón tostada por el sol, llena de zurcos y arrugas profundas me daban un poco de tristeza. Sus ojos, que parecían ciegos ya que con la mirada buscaba constantemente algo y las encías vacías casi, me eran deprimentemente familiares.
-Hola- saludé.
-¿Qué querés? ¿Quién sos?- preguntó Sebastiana. Igual que siempre. Bruta.
-La novia de Carlos- respondí, ofreciendo la mano para saludar.
Sebastiana me sujetó de la mano y me acercó a ella. Me abrazó y palmeó la espalda con fuerza. Lloraba de la emoción.
-¡Vinieron…! ¡Qué linda sos! Él no me había comentado nada. ¿Y Carlitos? Hace años que no lo veo. Quiero verle, debe estar tan cambiado. ¡Con lo buen mozo que era! Le tengo que mostrar la pelota de fútbol con la que jugaba siempre, con el Ernesto… La sigo guardando.
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¡Era ella, mi mujer! Le devolví el abrazo, en plena e íntima boca.
-¿Qué hacía? -le respondí-. Buscaba una explicación justa a lo que nos está pasando.
-Federico... amor mío... -murmuró.
Y la ola de locura nos envolvió de nuevo.
Desde el comedor oí que ella -aquí mismo- se desvestía. Y aullé con amor:
-¿A que no?...
-¡Hiptálmica, hiptálmica! -respondió riendo y desnudándose a toda prisa.